martes, 28 de abril de 2009

Dos críticas del documental

Dos textos sobre Este maldito país: el uno de un periodista chileno muy simpático que conocí durante el festival Cine Otro de Valparaíso, en enero, el otro un texto del periódico El otro cine, de los Encuentros del Otro Cine, en el marco de su octava edición. El análisis es de Alejo Casares y se refiere a dos documentales ecuatorianos presentes en este festival: Este maldito país y Alpachaca, de Jorge Luis Narváez.

SENTIRSE HIJOS Y HERMANOS EN LA DIVERSIDAD
Por Juan Francisco Castell

“Todos alguna vez hemos querido no ser ecuatorianos”, con esta frase en off concluye el documental del cineasta quiteño Juan Martín Cueva.

Ecuador fue el país invitado a la tercera versión del Festival de Cine de Derechos Humanos, que se realizó a mediados de enero en Valparaíso, y “Este Maldito País” del citado director, lo culminante del encuentro.

Como buen festival en ciernes, éste conserva muchas de aquellas espontaneidades que luego se añoran en los eventos con mayor grado de producción. Es sencillo, discreto, con grandes rasgos de amistad y esforzado. Aperrado como diríamos coloquialmente. Y el resultado es meritorio. Hay gente de varios países latinoamericanos y la oferta de “pelis”, como llaman los del gremio a los filmes, es bastante amplia y de buen nivel.

Claro que yo estoy en Valparaíso en algo parecido a una “comisión de servicio”, en la tarea de encontrar a algún honorable que quiera referirse al proyecto que crea el Ministerio del Medio Ambiente. Un encargo siempre complicado, pero en enero definitivamente quimérico.

Resignado al fracaso de la gestión, en un café del puerto llega a mis manos un pequeño folleto que promociona el III Festival de Cine de Derechos Humanos. Leo que en su amplia propuesta también incluye documentales de línea medioambiental. Pienso que asistiendo no llegaré con las manos vacías y que un poco de temática audiovisual no me sentará mal, especialmente porque rara vez navego en esas rutas.

Lo cierto es que de medio ambiente no encuentro nada. Sin embargo, de los títulos en cartelera, “Este Maldito País” es cautivante, presumo que es la historia del paso de algún poeta maldito por la mitad del mundo. O alguna historia aterradora acaecida en la selva amazónica. Y no elucubro mucho más, pues ya estoy en la ex escuela de Teatro de la Universidad de Valparaíso. Un lujo de lugar. Las salas de proyección son teatros de aquellos que generan nostalgia. Reflexiono acerca de la triste, y en serie, infraestructura cultural del hoy frente a estos originales y finos espacios de antaño.

En el lobby de la Universidad, están los integrantes del festival en pleno. El organizador, Nelson, un tipo muy agradable, está rodeado de sus colegas, todos con aires de izquierda no renovada, digamos de izquierda más bien. Hay paridad de género y no paso por alto la diversidad de la belleza de varias actrices y documentalistas, representativas al máximo de sus países de origen.

Pregunto si está por ahí un tal Juan Martín Cueva, digo que según leí era el cineasta del país invitado a este Festival, Ecuador, y señalo que soy periodista. El documentalista quiteño, parece francés o español, cualquiera de los otros contertulios tenía más pinta de ecuatoriano, perdonado el prejuicio, que este tipo alto, con cara de intelectual y de unos cuarenta años.

Le comento que vengo a ver su documental porque me llama la atención el título, le digo al pasar que soy neófito asumido en materias audiovisuales, que me dedico a temas medioambientales, él me responde que es lo menos medioambientalista que yo pueda conocer. No es una discusión, es una charla bastante grata, el flaco es de diálogo interesante y bastante sencillo, pesé a que es evidente que son él y su documental los chiches del encuentro.

Le insisto en referencia al título y le cuento mis disquisiciones sobre los poetas malditos franceses, de la generación maldita de escritores ecuatorianos de la que también algo he leído, pero me dice que nada que ver, que se titula Este maldito país porque los nombres son importantes y deben ser convocantes. Inteligente respuesta pienso, sin embargo, busco una butaca que me permita huir si sus más de dos horas de documental son demasiado. Prefiero desaparecer antes que dormirme en la mitad de la proyección.

La sala suma más público que el esperado, están todos los participantes del festival y bastante gente, además de varios espontáneos como yo. Afortunadamente, no tengo que escapar, nadie se mueve siquiera en sus butacas, Este maldito país, de principio a fin tiene un ritmo que atrapa, los 127 minutos parecen volar en la diversidad de historias que se entrelazan. Resabios de ayer, búsquedas de identidad, aceptación y negación, mezclas de amores y desconfianzas. Mestizajes que no se registran en los libros. Encuentro de gran estética las imágenes y los testimonios luminosos y directos.

El guión parece simple, pero la trama no lo es. Es una sucesión de personajes, cada uno representando alguna de las muchas singularidades que forman, o deberían formar, en su conjunto, la identidad ecuatoriana. Subyace la propuesta de que el Ecuador es un país multicultural y la idea de que todas sus expresiones deben ser reconocidas. Diría que ese es el paradigma o más bien la apuesta que expone el documental.

Los personajes parecen extraídos de castings, pero no los son, sus testimonios parecen obra de libretistas eximios, tampoco es así. Los atavíos tan seductores como las historias, son auténticos. Hay relatos de gente de raza negra hasta de árabes, intercalados por distintos miembros de etnias indígenas, y mestizajes de excepción como el de un joven indígena con una mujer japonesa. Llego a la conclusión que aquí no existen personajes sino personas que explican su historia y su identidad en primera persona, con ello el director cede protagonismo propio, y a la vez emerge sutilmente un notable trabajo de investigación.

Los contrastes son al límite. Es interesante como pueden compartir y rimar en una misma propuesta, un inmigrante palestino interpretando un piano, siútico a más no poder, con un humilde y sabio negro -que parece extraído de una súper producción hollywoodense- recapitulando con fuerza inusitada sus orígenes.

Este maldito país, en dos horas que vuelan da cuenta, a través de su gente, de un país colorido, diverso, con infinidad de etnias y culturas, que se reparten en un territorio más bien pequeño y que tienen que convivir y construir una historia en común.

La frase en off de “todos alguna vez hemos querido no ser ecuatorianos” no tiene que ver con un rechazo, sino más bien con una complicada pregunta ¿Qué significa ser ecuatoriano? ¿Sentirse hijos y hermanos desde y en la diversidad?
Una reflexión nada fácil, sobre la que Juan Martín Cueva dio algunas luces en una breve y ovacionada conferencia. Pensé en intervenir para felicitarle y decirle que su documental era una magnifica reflexión sobre medio ambiente humano, pero recordé que no sé nada de cine.

Dos maneras de enfrentar el tema de la identidad
Por Alejo Casares S.

La complejidad del ser humano lo ha llevado desde siempre a superar sus propios límites, a cuestionarse sobre sí mismo. Y sus orígenes, a descubrir la verdad y utilizar sus resultados como el inicio de un nuevo camino a seguir. Este año, el EDOC cuenta en su programación con dos documentales que hurgan en la naturaleza de nuestro país, que tratan de responder el eterno “¿Quiénes somos?” sin miedos ni concesiones: Este maldito país de Juan Martín Cueva y Alpachaca, puente de Tierra de Jorge Luis Narváez. Ambos llegan precedidos de su bien ganada fama, pues el primero fue realizado para representar al Ecuador en la serie Los latinoamericanos, de la televisión brasileña, mientras que el segundo se adjudicó el Premio Augusto San Miguel 2007 en la categoría largometraje documental.

¿Qué tan complicado resulta definir al ecuatoriano? Al principio puede parecer difícil, dada la diversidad propia de un país de mestizaje y migración donde, por mucho tiempo, no se les ha dado su verdadero lugar a grandes porciones de la población. Cueva lo sabe y parte precisamente desde ahí. Con una acertada selección de personajes entre los que destacan Lourdes Tibán y Jorgenrique Adoum, Este maldito país va develando el imaginario de un pueblo formado por muchos pueblos, un collage de historias revestidas de motivos políticos, artísticos, románticos o simplemente de la necesidad de supervivencia, que llevan inexorablemente al espectador a reconocerse y sentirse un extraño a la vez.

La cámara entra en las casas, visita el pasado y se cuestiona sobre nuestro futuro mientras arranca sonrisas con la misma facilidad con la que siembra interrogantes en quienes nos vemos reflejados en la pantalla. Este maldito país deja en claro que el ser ecuatoriano no es igual en cada región, porque cuando un ecuatoriano dice ‘nosotros’ no se refiere a lo mismo que el resto de sus compatriotas. ¿Fracasó entonces el intento por definir a un país y al sentimiento de pertenencia de su gente? No, definitiva y rotundamente no. Las diferencias de todo tipo que nos muestra el documental son el perfecto reflejo de la verdadera naturaleza de nuestra gente.

Alpachaca... es un documental que se ocupa de un único grupo de gente, por lo que afronta la cuestión de la identidad desde otro punto de vista. El negro del Chota se nos presenta desde una perspectiva histórica, con datos y fechas, hechos irrefutables de un pasado en que eran esclavos, cuando se abolió la esclavitud y cuando realmente empezaron a ser libres. Todo esto nos prepara el camino hasta la actualidad, cuando la fuerza de la raza se expresa en la historia de insatisfacción política de Aida Espinosa, mientras por otro lado se deja escuchar un reclamo al resto del Ecuador por acordarse del Valle del Chota únicamente cuando alguno de sus hijos marca un gol en la selección.

El puente de Alpachaca parece ser la unión de las historias, de los diferentes mundos por los que transita la comunidad del Chota, la natural oposición entre personas dedicadas al trabajo, a la música y al deporte, y aquellos que se ven obligados a recurrir a la delincuencia para subsistir. La toma se abre y el campo de visión se amplía a toda la provincia. Es el momento ideal para dar a conocer más de esa rica tierra, sus costumbres, su presente, sus necesidades, el resto de su población y sus formas de convivencia con quienes habitan en el Valle del Chota.

Después de enfrentarnos al problema de la identidad, ya sea de todo nuestro país o de un segmento olvidado, a veces protagonista de las portadas en las páginas deportivas de los diarios, estaremos listos para dar nuestras propias respuestas ante las preguntas que sirvieron de motor a los directores para la realización de sus películas. Cada uno sabrá encontrar sus propios sentimientos de pertenencia a la patria.

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